Tengo los sueños estirados de un lado al otro de la habitación.
El cuerpo relajado,
mis brazos colgando de los lados de la cama.
El roce con las sábanas me excita,
si imagino que tus dedos van subiendo por mis piernas,
abriéndose camino entre el pudor que ya nunca nos visita.
Y entonces me revuelvo, doy mil vueltas
y mis ojos, mi cabeza y yo, todo entero,
vuelvo a estar rozándote la espalda,
buscándote los agujeros.
Comiendo alegrías y placeres,
camino entre tu oreja y tus pezones.
Las caricias van bajando poco a poco, suavemente,
deslizándose mis dedos sin respeto
hasta llegar por fin al encuentro
con la esencia en la que albergas mil mujeres.
La expresión de tu cara,
tus labios desgarrados,
los ritmos se aceleran,
formo parte de tu cuerpo.
Entro y salgo, te respiro, me retuerzo.
Y es que de tanto susurrar y susurrarnos,
de tanto disfrutar y disfrutarnos,
se nos acabó desparramando el sexo,
reventando nuestros miedos de placer.
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